Para mis amigos

jueves, 11 de noviembre de 2010

así son los uribistas

Por Antonio Caballero
OPINIÓN Los uribistas se oponen a la ley de tierras con el argumento de que amenaza la propiedad. De Lo que se trata es de lo contrario. No de expropiar, sino de devolver.
Sábado 6 Noviembre 2010

Soy un escritor, y en consecuencia debería saber que las palabras no son muy de fiar. Pero la otra noche mantuve una discusión en torno a si al presidente Juan Manuel Santos es posible darle el calificativo de “liberal”; y nos enredamos mucho. Sin embargo, me parece que hay dos cosas claras: que en Colombia la palabra “liberal” pesa más de lo que significa; y que Santos es, a su pesar tal vez, un liberal en el sentido político del término (y no solo en el estrecho sentido colombiano de adscripción a un partido que se hace llamar así). Está mostrando, al menos por ahora, que es liberal en lo político hasta el punto de olvidar sus íntimas convicciones económicas, que son neoliberales: enemigas del intervencionismo del Estado. Pues las dos iniciativas centrales de su gobierno son resueltamente intervencionistas: la ley de tierras y la ley de víctimas. Y muestran de pasada que me equivocaba yo cuando lo definía en esta revista, durante su campaña electoral, como “conservador en lo social” y decía que “no tiene la sensibilidad suficiente para darse cuenta de que la raíz de la guerra secular de Colombia es la lucha por la tierra”.
Pues resulta que Juan Manuel Santos no es uribista, como temíamos unos, y como se ilusionaban otros (empezando por el propio Álvaro Uribe). No lo es aunque su oportunismo (que él llamaría pragmatismo) lo haya llevado al extremo de ser el fundador del partido del rebaño uribista, La U, con la inicial del Jefe grabada a fuego en el pecho. Tan liberal se está mostrando –tal vez, repito, a pesar de sus propias ideas, devoradas por su ambición primordial y arrolladora de pasar a la historia– que tengo la impresión de que, a escondidas, Santos ha estado leyendo los editoriales que escribía en El Tiempo su tío abuelo Eduardo Santos antes de ser presidente, cuando era un liberal republicano, antifascista y antiimperialista.

La mejor prueba del liberalismo social de este sorprendete Juan Manuel Santos, que ha esperado a llegar al poder para mostrarse a la luz del día, es la decepción de los uribistas con él, su desconcierto y su creciente rencor, y sus primeros amagos de pasar a la oposición. De esos uribistas que usan plural de manada –“nosotros”– como el ex ministro Fernando Londoño. Pues no se trata de un rencor provocado solamente por la insatisfecha gula burocrática, sino por una razón ideológica de fondo encarnada en las dos propuestas que mencioné más arriba: la devolución de las tierras robadas a los campesinos desplazados y la reparación debida a las víctimas de la violencia de los últimos 20 años.

Los uribistas se oponen a la ley de tierras con el retorcido argumento de que pone en peligro la seguridad jurídica de la propiedad. La verdad es que se trata justamente de lo contrario: de restaurarles a los legítimos dueños la seguridad jurídica que les fue arrebatada por la fuerza junto con sus tierras. No se trata de expropiar, sino de devolver. De revertir el expolio cometido por los paramilitares, parapolíticos y parajuristas que, en palabras de uno de ellos, iban “unos adelante matando, otros detrás comprando y otros más atrás legalizando”. En cuanto a la reparación a las víctimas de la violencia, el argumento de los opositores uribistas es más perverso todavía. Según ellos, no se puede permitir un trato igual para todas las víctimas pues eso equivaldría a igualar también a los victimarios. No es lo mismo, sostienen, haber sido víctima de la guerrilla o de las bandas paramilitares que haberlo sido de los agentes de la Fuerza Pública: en calidad de ‘falso positivo’, por ejemplo, asesinado en falso combate; o en calidad de detenido desaparecido a manos de agentes del Estado.

Son dos leyes necesarias para que el país empiece a recuperar la decencia. Quienes se oponen a ellas deberían sentir vergüenza. En cuanto al gobierno de Santos, si logra sacarlas adelante en el Congreso de mayorías uribistas y llevarlas luego a la realidad práctica, tareas que no serán fáciles, merecerá un nuevo aplauso.

conmovedor testimonio de armero hace 25 años

Por Liz Amaya*
Testimonio Veinticinco años después de la tragedia, Liz Amaya, una colombiana que agonizó cinco días en medio del lodo, recuerda su historia.
Han pasado 20 años y francamente no sé a qué horas los viví. Para recordar, lo único que necesito es traer a la memoria los recuerdos que han sido parte de mi vida.
Yo tenía una vida feliz. Era una adolescente rodeada de todo lo que quería: tenía los mejores amigos del mundo y, a pesar de que había perdido al ser que mas amaba (mi papá), me había encontrado tres años antes del 13 de noviembre de 1985, con un amor maravilloso. Estaba a punto de terminar mi bachillerato, cuando se me fue el agua entre los dedos, tan rápidamente, que sólo logré atrapar entre mi puño la gota de mi vida.

El día de la tragedia recibí la visita de mi madre, quien vivía en otra ciudad. Yo estaba en casa de una tía mientras presentaba mis últimas pruebas del colegio. Le pedí que se quedara conmigo, que postergara su viaje a Ibagué. Se quedó. Ya para ese momento la ciudad estaba inundada con un fuerte olor a azufre y todos estábamos inquietos.
A las 7 de la noche mi mamá, mi tía y yo salimos a comprar algunas cosas para la comida. En el camino vimos que el carro estaba cubierto con una fina capa de ceniza del volcán. Fuimos a la Defensa Civil y a la Cruz Roja. Nos dijeron lo mismo: "no pasa nada". Regresamos tranquilas a la casa. Todos se fueron a dormir, menos yo. Me quedé despierta, pues tenía examen al día siguiente. De repente se desencadenó una fuerte tormenta. Los relámpagos eran terribles y caían rayos por toda la ciudad. Recuerdo que eran como las 10:30 de la noche cuando decidí acostarme. Mejor madrugar, pensé.
Me acosté al lado de mi mamá con el 'short' y la camisita que tenía puestos. Minutos después oí gritos en la calle. Al principio pensé que era una pelea callejera. Pero luego escuchamos cómo golpeaban desesperadamente el portón y la puerta de la casa y se oía la gente gritar con desesperación. Querían que abriéramos rápido. Cuando nos paramos y quisimos prender la luz, ya no había. Entonces bajamos al primer piso. El agua nos daba al nivel de las rodillas. La tierra se estaba estremeciendo fuertemente. Sonaba como si animales gigantes viniesen destruyendo el mundo. Abrimos el garaje y la puerta y de repente una estampida de gente enloquecida entró a la casa. Huían de la inundación por el desborde del río que nacía en el volcán-nevado, mas no por su erupción. Por eso buscaban casas más altas como la mía.
En medio del escándalo oí los gritos de mi madre, que angustiada me pedía que subiera. Subí las escaleras gateando, el movimiento de la tierra me impedía sostenerme en pie. Tuve el tiempo exacto para hallarla, abrazarla y decirle: "Mami, tranquila, todo va a salir bien". De pronto, la casa explotó con un estruendo impresionante. La plancha de la terraza cayó sobre nosotros haciendo presión contra la del segundo piso. Mi mamá soltó mis manos. En ese momento se me fue la esperanza de uno más de sus abrazos y de sus besos.
Todo fue confuso. Pienso que ninguno de los que vivimos esta catástrofe fuimos plenamente conscientes de lo que estábamos viviendo. Cuando recuperé el conocimiento, sólo tenía mi cara por fuera del lodo, y mi cuerpo, de hombros para abajo, estaba atrapado por escombros.
Cuando la segunda avalancha se vino, quedé libre. Pero empecé a hundirme como en un remolino. Sentía que me ahogaba en las profundidades del lodo. En uno de los momentos en que salí a flote me agarré de un tronco y me agarré hasta que la avalancha se detuvo.
No podía pensar ni sentir. En mi cabeza de adolescente no alcanzaba a comprender qué pasaba. ¿Dónde estaba? Yo quería pararme, pero cuando estiraba mis piernas, sentía que el calor del lodo aumentaba. No había fondo. Sobre la superficie del lodo cabalgaba aún el frío del nevado que había devorado a Armero.

Empecé a escuchar gente gritar y quejarse. Un hombre empezó a llamar a su esposa con desesperación. No lo podía ver porque mis ojos estaban llenos de lodo, así como mi nariz y mi boca, pero no lo sentía lejos. Empecé a escupir el lodo y cuando pude hablar, aún sujeta a lo que yo creo que era un tronco de árbol, le pregunté dónde estábamos. Por este hombre supe que el volcán había hecho erupción y que Armero había desaparecido. Pensé en mi mamá, en uno de mis hermanos que vivía allí con su esposa e hijos y en todos mis tíos y tías, en mis primos, en mis líderes espirituales, en mis compañeros del colegio, pensé en lo que estaba perdiendo. Sentí una enorme necesidad de vivir y apreté mi puño fuertemente para que la gota de mi vida no se me escapara de la mano. Elevé una oración a Dios y le pedí una oportunidad más.
Le volví a preguntar al hombre dónde estaba y me dijo que sobre un camión. Así que decidí ir hasta allá. Empecé a empujarme entre el lodo sujeta aún a lo que me había agarrado. Yo no sentía dolor en ninguna parte de mi cuerpo y me guiaba por el sonido de la voz del hombre que no paraba de gritar y llamar a su esposa. Cuando empecé a moverme entre el lodo, nunca me imaginé que estaba en una gran sopa de cadáveres. Me encontraba uno tras de otro, flotando en la superficie del lodo, unos boca abajo, otros boca arriba. Yo les palpaba sus rostros para ver si respiraban, les hablaba con la esperanza de que fuese uno de los míos y cuando percibía que estaban muertos, los hundía para poder pasar por encima de ellos. Esto me provocó un profundo dolor con el pasar de los días. Me parecía que tal vez había hundido a mi propia madre, quizás aún con vida.
Cuado llegué hasta el camión, empecé a tocarlo y me di cuenta de que era de estacas. El hombre estaba dentro de la carrocería. Cuando me vio, empezó a gritarme que no fuera a subirme. Yo quise sujetarme de una de las estacas para subir y fue allí cuando me di cuenta que uno de mis brazos no me servía. Tampoco mis piernas. Cuando intenté subir, el camión empezó a moverse y el hombre me decía que si no me soltaba, el camión se iba a voltear porque éste sólo estaba flotando en el lodo. Ya no tenía fuerzas para quitarme de allí. Así que sólo me tocaba creer que Dios pondría su dedo en el camión para que no cayera de lado aplastándome. No se cuánto tiempo transcurrió. De pronto el hombre vio no muy lejos de nosotros unas luces de linterna y empezó a gritar: "aquí, aquí, ayúdennos". Eran personas que habían quedado en una colina y empezaron a colocar tejas de zinc y con ramas que cortaban de los árboles lograron tocarme la cara. Me pidieron que me sujetara y luego me arrastraron hasta la orilla. Allí alguien me levantó, pero cuando me cogió por las piernas y tocó mis carnes abiertas, se impresionó. Una gran parte de mi tejido había desaparecido y había dejado al descubierto mi hueso. Tenía heridas por todo el cuerpo. Mi ojo izquierdo estaba medio afuera, y mi pelo, totalmente chamuscado (parece que en estado de inconciencia pasé por algún lugar en llamas). El panorama para ellos fue desastroso. Me subieron unos cuantos metros y me dejaron allí, pensando que con seguridad moriría.

Allí permanecí cinco días esperando un rescate. Al amanecer del siguiente día, los que podían ver empezaron a llorar ante lo que veían: no quedó nada, decían, el mundo se acabó.
El volcán volvió a rugir, y la tierra, a temblar. La gente empezó a gritar y los que pudieron correr huyeron con la desesperación de otra posible avalancha. Sólo quedamos los heridos que no podíamos movernos y los cadáveres que habían sacado del lodo. Ese mismo día escuché helicópteros, pero ni yo los veía, ni ellos a mí. Es entendible. Yo estaba del color de la tierra. En la tarde, el lodo que tenía en la boca, la garganta y la nariz empezó a secarse y me era imposible respirar. Era como cemento y tenía sed. Empecé a recordar que muchas veces mi madre me regañaba porque yo prefería un vaso de agua a un jugo y cuando me bañaba, solía implorar: "Dios, nunca me vayas a dejar morir de sed". Y yo estaba allí muriéndome de sed y recordándole al Señor mi petición. De repente empezó a caer una suave llovizna y yo abría mi boca, pero parecía como si las gotas cayeran en todas partes menos en mis labios. En mi desespero, comencé a hacer vasijas con mis manos.
Con las primeras gotas las lavé. Luego pude lavarme la boca, la nariz. Y, finalmente, pude beberla. Pero lo único que logré fue llenarme de dolor. Toda la arena y el lodo que tenía todavía en la garganta y en la boca me rasgaron. Lloré como una niña chiquita. Cuando me pasó el llanto, me di cuenta de que ya podía mover mis ojos y que el lodo que se había secado se había salido con las lágrimas. Le di gracias a Dios por mi llanto.
Las noches siguientes fueron las más largas de mi vida. Enfrenté la soledad, el miedo y el dolor. Durante la noche sentía culebras arrastrarse sobre mi cuerpo y a las ratas mordiendo mis heridas. Hasta que por fin me rescataron. Pero la esperanza fue mínima. Me llevaron al lugar donde los sobrevivientes esperaban ser trasladados por helicópteros hacia centros de salud. Nadie quería llevarme porque no les parecía justo ocupar un lugar con una persona que no tuviera posibilidades de vivir. Pasaban por encima de los heridos diciendo: "éste sí, este no,"  y a mi siempre me tocaba el no. Fui rechazada durante casi medio día. Entonces recordé que tenía una gota de mi vida en mi mano y con la misma fuerza con que me aferraba a ella, me agarré fuertemente de la bota del pantalón de uno de los que pasaron por mi lado y no le solté hasta cuando me prometió que me llevaría. Me subieron a un helicóptero que tenía el cupo completo, no había casi espacio y tuvieron que acomodarme de lado. Estos helicópteros de rescate no tienen puertas y yo les escuché decir que si me caía nuevamente al lodo, nada se perdía, pues yo de todas maneras no sobreviviría. El helicóptero aterrizó en un campamento de la Cruz Roja y cuando me bajaron, me pusieron en una camilla. Durante los cinco días que había demorado el rescate nunca vomité el lodo que me había comido, por lo que presentaba un crecimiento del vientre exagerado. En seguida llamaron por radio teléfono para comunicar mi gravedad. Si mi estómago estaba de ese tamaño era porque había peritonitis. Yo alcancé a escuchar que no había cupo por avión y que había que enviarme por tierra. Esto fue lo último de lo que tuve conciencia. A Bogotá llegué en estado de coma. Morí clínicamente dos veces y tras recibir choques eléctricos, la vida me fue devuelta.
Días más tarde desperté del coma para enfrentarme a otra lucha. Mi pierna derecha estaba gangrenada y había que amputarla. Yo me quedé mirando a los ojos al doctor mientras me decía que si me dejaba amputar, me ofrecía un 50 por ciento de probabilidades de vida. En ese momento tenía una máscara de oxígeno, un catéter, sonda, líquido intravenoso, y otra cantidad de cosas. Le miré fijamente y con la cabeza le dije: no.
Me quitó la máscara de oxígeno para que yo pudiera hablar y me dijo: "Te estoy ofreciendo 50 por ciento de probabilidad de vivir si te amputo, ¿y me dices que no?". Yo le respondí con una voz muy débil, pero firme: Doctor, el Señor me ofrece 100 por ciento.

El doctor salió indignado de mi habitación. Y mientras los días transcurrían, mi situación empeoraba, pues cada día de por medio tenían que llevarme al quirófano para quitarme más y más tejido dañado. El hueso y los tendones ya se estaban deteriorando y mi estado de salud era cada día más precario. Un buen día se declaró el hospital en cuarentena, pues se detectó gangrena gaseosa. No pude volver a recibir visitas y los médicos le aseguraron a mi familia que con seguridad la primera en morir sería yo. Sin embargo, vi morir una a una las compañeras de mi habitación y supe que muchos en el hospital corrieron con la misma suerte. Pero yo seguí viva. Unos 15 días después, el color de mi carne empezó a cambiar y al enviar una muestra al laboratorio se dieron cuenta de que la gangrena había desaparecido. Los médicos, las enfermeras, mi familia y todos los que se enteraban no podían creerlo.
Me hicieron unos injertos para remplazar el tejido perdido, pero quedé inválida. Por este motivo viajé a Francia donde durante dos años fui sometida a muchas intervenciones quirúrgicas para corregir tendones y mejorar la forma de mi pierna. Aprender a caminar nuevamente fue también muy difícil. Exigió mucha dedicación. Pero luché porque en ese momento vi que tenía que compartir con los demás los milagros de Dios en mi vida. Y eso es lo que estoy haciendo 20 años después de la tragedia que se llevó a mi familia, a mi ciudad y a mis amigos.
* Lectora de SEMANA.COM
Colombiana residente en Ecuador. Misionera Cristiana, Cruzada Estudiantil Y Profesional de Colombia.
mailto:lizamaya@gmail.com

miércoles, 20 de octubre de 2010

presupuesto colombia 2011

Ordena esta página los gastos del Presupuesto de acuerdo con la finalidad del gasto, y no según el tipo de gasto como establece el Estatuto Orgánico del Presupuesto. Esta metodología define las 12 categorías que aparecen a continuación, dentro de las cuales se suman gastos de funcionamiento e inversión. En dicha clasificación se excluyen los 38 billones del servicio de la deuda del Estado. El Presupuesto de 2011 con deuda asciende a $147 billones.
En billones de pesos tenemos:
(1) Protección social 43;
(2) Educación 17;
(3) Salud 12;
(4) Defensa nacional 9;
(5) Policía, justicia y seguridad 9;
 (6) Infraestructura 6;
 (7) Función pública, Ejecutivo y legislativo 5;
 (8) Fomento agro, minería 3;
 (9) Vivienda, espacio público 2;
 (10) Recreación y deportes 1;
(11) Medio ambiente 1;
(12) No clasificadas anteriormente 1.
Total: 109 billones, sin servicio de la deuda oficial. Dentro de la Protección social se incluyen 28 billones de jubilaciones.

En 72 billones aparece la suma de la Protección social, la Salud y la Educación, esto equivale a canalizar el 66% de los 109 billones a los sectores sociales, a saber: subsidios para la familia, la niñez, la juventud, los desempleados y los ancianos; atención a la población vulnerable, desastres naturales... Dentro de los 72 billones mencionados se incluyen 12 billones en subsidios para atender a las familias (¿en acción?) y a la población vulnerable. Un poco más que para la Defensa nacional.

En el mismo documento aparecen las asignaciones también en billones de pesos para cada uno de los ministerios, a saber:
Protección Social 31;
Educación 21;
Defensa 16;
Policía 6;
Transportes 5;
Agricultura 1.

De esto se deduce que a los ministerios de Protección Social y a Educación les destinan, el 48%, esto es, casi la mitad de los 109 billones mencionados. Llaman la atención las exiguas asignaciones para los ministerios de Transportes y Agricultura en un país con sus vías en mal estado y con vocación agrícola.

No puede afirmarse, en consecuencia, que Colombia no realiza ingentes esfuerzos por los sectores de su población en dificultades. Estimo, sí, que algunos recursos canalizados hacia los subsidios generan efectos contraproducentes. Algún empresario se quejaba en Miami de su imposibilidad para vincular nuevos operarios mientras su Gobierno conserve el subsidio de desempleo.

Para la Protección y Atención de Desastres asignaron para 2011 insuficientes, insignificantes 300 mil millones de pesos, o sea, 0,3 billones. Ciertos políticos nuestros no parecen convivir en un mundo donde importantes científicos afirman que, debido a los fenómenos naturales violentos, cada año, a partir de 2000 se ha venido afectando con ellos un 2% adicional de la población mundial, hasta llegar en 2050 a perjudicar el 100%.
Más grave aún, los ya afectados en un año se siguen afectando año tras año. Según esto, en Colombia el año entrante figurará un 22% de nuestra población en dificultades mayores o menores por culpa de tales fenómenos. A juzgar por el invierno actual, no considero desacertado tal porcentaje.
  • Hernán González Rodríguez

 columnista El Espectador

martes, 12 de octubre de 2010

también caerás, uno a uno van cayendo

El fallo de la Procuraduría que destituyó a Bernardo Moreno y otros ex directores del DAS por el escándalo de las interceptaciones ilegales tuvo su primera reacción en cadena, tan solo una semana después de esa decisión disciplinaria.

Este martes, la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes decidió abrir una investigación de oficio contra el ex presidente Álvaro Uribe Vélez.

El propósito de la investigación será determinar si Uribe, como Presidente de la República, tuvo o no responsabilidad directa en la extralimitación de funciones en la que incurrieron su secretario privado, Bernardo Moreno, tres ex directores del DAS, y el entonces director de la Uiaf del Ministerio de Hacienda, Mario Aranguren, quienes de forma irregular hicieron seguimientos a magistrados de la Corte Suprema de Justicia, tal como lo advirtió la Procuraduría.

La decisión fue adoptada tras una sesión privada de los integrantes de la Comisión. Allí, de forma mayoritaria, y en una votación que sigue siendo secreta, “se consideró prudente y oportuno” abrir el proceso, tal como lo señaló el vicepresidente de la Comisión, orlando Clavijo, representante del Partido Conservador.

La proposición, conocida por Semana.com, no allegó prueba alguna. Sólo se concentró en los hechos que son de conocimiento de la opinión pública, pero sobre todo, en el mencionado fallo disciplinario que la Procuraduría expidió el pasado 4 de octubre y del cual el país ya conoció sus inmediatos alcances.

Pero para la Comisión también fue motivo suficiente el pronunciamiento del ex presidente Álvaro Uribe quien asumió la responsabilidad sobre Bernardo Moreno, siempre y cuando no haya co metido ningún hecho ilegal.

“…a través de una carta el ex mandatario asegura que asume responsabilidades políticas y jurídicas por las acciones legales de sus ex funcionarios (…) Por lo tanto se hace necesario verificar la ocurrencia de los hechos, determinar si son constitutivos de falta penal o disciplinaria, esclarecer los motivos determinantes, circunstancias de tiempo, modo y lugar en que se sometieron y la presunta responsabilidad del investigado”, señala la proposición aprobada en la sesión reservada.

El procedimiento

Tras ser aprobada la decisión de investigar al ex presidente Uribe, la mesa directiva de la Comisión se reunirá para designar al representante investigador que adelantará el proceso. La asignación, que a diferencia de otros procesos no corresponde al reparto rutinario, se conocerá mínimo después de dos días.

A partir de ese momento, quien sea designado investigador, tendrá las facultades de adelantar las diligencias pertinentes. Las primeras de ellas serán pedir copias de las investigaciones penales y disciplinarias que se han adelantado o que ya han concluido, como es el caso del expediente de la Procuraduría, y las investigaciones de la Fiscalía. “Esos son trámites normales”, explicó Clavijo.

Posteriormente, la Comisión podrá adelantar diligencias propias, como lo son un llamado a versión al ex presidente Uribe, y la práctica de pruebas, como lo puede ser el escuchar versiones de testigos, y calificar la investigación: o la precluye si no hay pruebas, o la archiva si las evidencias no permiten establecer responsabilidad del ex presidente.

Si esta Comisión decide acusar al ex mandatario, será la plenaria de la Cámara de Representantes la que tenga que absolver o sancionar.

Reacciones

“Es difícil creer que vaya a pasar lo mismo del pasado. Es una oportunidad para que la Comisión pudiera reivindicarse con una investigación seria, pero el resultado creo que lo conoce el país de antemano”: Juan Manuel Galán, senador (Partido Liberal).

“Es procedente la apertura. Hay que respetar la institucionalidad y el propio ex presidente entenderá el curso de la investigación. Es normal el proceso”: Hernán Andrade, senador (Partido Conservador).

“¿Quiénes componen la Comisión? Si la real intención es investigar, debería crearse un tribunal especializado y que él se presente sin garantías de ninguna naturaleza y que lo haga como un ex presidente que tenga la obligación de contarle al país cuál fue su responsabilidad en el tema de las chuzadas”: Piedad Córdoba, senadora (Partido Liberal).
“Es obvio que se abra la investigación, pero la pregunta es si en la Comisión puede prosperar una investigación seria, porque la Comisión es de índole político y conformada por uribistas. Fácilmente están cubriendo las apariencias y al final se termina archivando el proceso. Es tanta la impunidad que allí se maneja que por eso la han terminado llamando la comisión de absoluciones”: Jorge Robledo, senador (Polo).

“La investigación es procedente, son las facultades de la Comisión, pero no van a encontrar nada en contra del ex presidente Uribe”: Armando Benedetti, presidente del Senado (La U).

"Así no lo encarcelen, porque no lo van a hacer, lo que es a mí, no me quitan de la cabeza que él es el responsable de este y muchos tapados mas que hay en Colombia" josé dolores morales.